domingo, 21 de marzo de 2010

IX: Come for a rain

Me fui a mi casa antes de lo esperado, pero no antes de pasar casi toda la fiesta intercambiando miradas con Jared. Su compleja perfección era algo que me costaba entender, tal vez tenía que ser perfecto y hermoso para así atraer a pequeñas presas de niñas estúpidas como yo. Mi ventaja era que en cualquier momento, esto cambiaría y yo no sería más la presa, sin no la cazadora, temía tanto ese momento… lo que no sabía era que estaba más cerca de lo que pensaba. Llegué a mi casa con un indescriptible dolor de cabeza y con el estomago todo revuelto, cuando mi madre acudió a ayudarme descubrió que ardía en fiebre lo que la asusto demasiado y me metió dentro de mi cama ¿Era acaso posible estar con tanta fiebre y no delirar? Todo me parecía tan confuso, no recuerdo bien esa noche, solo sé que desde ese día todo fue diferente. Al día siguiente, no pude soportar estar tanto tiempo dentro de mi cuarto así que corrí al bosque con más preguntas, sabía que él me seguiría, o por lo menos tenía el presentimiento de que algo así pasaría. Caminaba a paso apresurado, con la mente en blanco, no tenía idea de lo que había pasado la noche anterior. Caminaba tan rápido que casi corría. Mi respiración era normal y no había rastros de su olor. Todo fue diferente cuando escuche que algo muy grande se acercaba a mí, obviamente no era él. Eran dos, y venían a mucha velocidad, directo a mí. Una vez más, no tuve miedo, me paralicé con los pies bien puestos sobre la tierra visualizando alrededor mío cada rama que se movía, pronto estas dos bestias desconocidas se detuvieron, un profundo y siniestro silencio se produjo en mi parte del bosque. Pronto con las imágenes de dos figuras humanas acercándose llegó un olor completamente familiar y delicioso, entonces estaba segura de que no era él. Después de unos segundos, las dos figuras tomaron forma bajo el sol y una sonrisa se dibujó en mi rostro sin querer.
-Viniste…-sonrió John que ahora me parecía muy familiar.
-¿Viste?-rió el más bajito, Thomas-Te dije que iba a venir, mi sonrisa se desdibujo cuando se acercaron a mí.
-¿Venir?-pregunté mientras sus cuerpos tocaban la luz, solo llevaban un par de jeans desgastados. Ni siquiera zapatos. Los cuerpos de ambos estaban bastante bien trabajados y era bastante hermosos a mis ojos inexpertos.
-Anoche no querías venir, pero aquí estas…-sonrió de nuevo Thomas que probablemente tendría un par de años menos que nosotros.
-¿anoche?-mi voz no sonaba temblorosa, pero di dos pasos hacia atrás-¿De qué se trata esto?-pregunté enarcando las cejas.
-Tenemos que planear como destruirlos…-sonrió John bastante cerca-¿te acordás?-volvió a sonreír.
-¿Destruir… a quien?-estaba bastante confundida, pero al final entendí-¡NO!-chillé enojada-¡No van a lastimar a nadie!-mi voz sonaba autoritaria y enojada.
-También te dije que no estaría de acuerdo…-replicó Thomas cayendo sentado sobre el piso cubierto de hojas secas.
-¡Estas aquí para eso!-me levantó la voz John mientras sus ojos ardían.
-No voy a hacer nada que lastime a gente que no hizo nada-le dije acercándome probablemente demasiado a él y sus ojos encendidos.
-Están matando gente… pronto su sed no será controlable y se almorzarán a todo el pueblo-los ojos de John tenían una chispa que estaba a punto de estallar.
-No-le desafié y este sacudió su cabeza caminando hacia atrás, de un salto y en menos de dos segundos ya no era más humano. Un descomunal lobo estaba parado enfrente de mí gruñéndome, mientras yo me mantenía en completo silencio escuchando únicamente el palpitar descontrolado de mi corazón. Thomas se levantó asustado, pero sabía que esto era tan normal como me parecía. Mi respiración era controlada a pesar de lo aterrada que estaba, aún sabiendo que todo esto era normal.
-Nadie va a lastimar a nadie-repetí con un tono autoritario.
-Ya la escuchaste John, vámonos…-le sugirió Thomas con una media sonrisa, el animal frente a mí lo miró y agachó la cabeza caminando hacia él. Thomas levantó todos los restos de la ropa de John del piso y se alejaron en leve trote. Al tiempo que ellos se alejaban una lluvia pequeña se empezó a desatar en una enorme lluvia muy típica de Port Hadlock, no tenía prisa y no me importaba mojarme, caminé a paso lento hasta la puerta de mi casa, me volví a la casa de los Applewhite, esperando qué él estuviera cerca, pero era imposible ver algo detrás de aquellas persianas perfectamente blancas, abrí la puerta de la casa y Carl estaba junto a la ventana mirando el bosque del que acababa de salir, la televisión estaba prendida, pero él no le prestaba atención. Otro ataque se había registrado a los alrededores de Port Hadlock, no sabían que era, pero estaban seguros de que era algo grande y vendría en cualquier momento. Caminé con los zapatos mojados hasta mi cuarto, y tan pronto abrí la puerta lo encontré sobre mi cama contemplando el techo con mucha paz, era tan hermoso y perfecto que estaba mal. No había notado antes las marcas que tenía sobre su cuello y brazos, pequeñas marcas en forma de medias lunas color plateado. Caminé hasta caer juntó a la cama y me apoyé cerca de su brazo. El solo se quedó mirándome en silencio.
-¿Pasa algo malo?-le pregunté temerosa de que supiera lo que ya me había convertido.
-¿Algo… malo?-frunció el seño, y ladeó la cabeza.
-Ya no me podes lastimar-le sonreí pensando que eso sería algo bueno.
-Pero apuesto que vos me querés matar a mí-rió desanimado sentándose sobre mi cama a una velocidad impresionante. Me le acerqué subiendo a la cama sin quitarle los ojos de encima y sonreí estando lo suficientemente cerca.
-Pero no lo voy a hacer-sonreí repitiendo sus palabras.
-¿Segura?-aquel susurro sobre mis labios fue por demás temeroso, pero se lo aclaré con un pequeño beso egoísta, que no me explicaba porque ahora se le había ocurrido terminarlo ahí.
-No cambié-le prometí-Sigo siendo yo-sonreí en espera de una sonrisa.
-Sabes que tan mal esta esto, lo sabes bien.
-Pero de verdad quiero estar con vos. No dejaría que nada malo te pasara, a vos o a tu familia…-era una promesa tonta que trataría de cumplir-…Hablé con ellos… los lobos, les dije que no hicieran nada-suspiré sobre sus labios y me eché a un lado suyo.
-Eso no va a cambiar nada…-se agarró la cabeza con ambas manos.
-Me tienen que hacer caso-le afirmé-no va a pasar nada malo.
-Eso es porque no me odias todavía-susurró pero fue lo suficientemente alto para escucharlo claramente.
-¿Me odias?-mi seño se frunció en espera de un no.
-No podría… pero así son las cosas-sus ojos obscuros para ese momento se posaron sobre mí en un doloroso perdón.
-¿Entonces eso es un sí?
-Eso es un… no-negó con la cabeza-pero debería, lo haré-inesperadamente se acercó a mí con lenta delicadeza-Hay algo en vos, que es…-rió entre dientes dejando ir su dulce, empalagoso y acido olor hacia mí-irresistible…-susurró nuevamente sobre mi cuello, dejando sobre mí férvida piel, un helado beso. La lluvia golpeaba mi ventana completamente enloquecida-…es como la lluvia-sonrió acostándose junto a mí-No podes evitar que la lluvia caiga, ¿no?-quedamos en silencio mientras él me miraba con ojos intensos, yo trataba de que su olor no fuera tan acido y empalagante. El silencio solo hacía que las gotas que golpeaban mi ventana sonaran aún más fuertes.
-¿Qué te hiciste aquí?-le pregunté pasando mi dedo sobre todas las cicatrices en forma de media luna, que subía desde su muñeca hasta donde su camisa comenzaba.
-¿Recuerdas que te conté que Pauline me convirtió?-Preguntó y reímos por que usó las mismas palabras para explicarme otra historia. Yo asentí con la cabeza y él me sonrió increíblemente adorable-Estaba tan desesperado por morir… que en lo que me escapé de ella… intenté matarme-bajó su cabeza avergonzado de sus palabras-…Pero como sabrás: es muy difícil matar a un vampiro. Solo hay dos cosas que pueden matarnos, y ambas están en este mismo cuarto-me miró seductor con los ojos plantados en mí lo que me hizo comprender.
-Los lobos… y los vampiros-mi voz sonaba confundida, casi como si se lo estuviese preguntando.
-Nosotros, somos monstruos-se quejó-un monstruo puede ser matado solo por otro monstruo-sacudía de lado a lado su cabeza con decepción, pasaron unos segundos y un olor familiar nos abrazó-Hablando de monstruos…-masculló entre dientes y se paró junto a la ventana con una impresionante velocidad, abrió la ventana, y me dio una última mirada.
-¿A dónde vas?-le pregunté casi sonando asustada.
-No puedo estar aquí…-miraba a el piso y hubo movimiento precipitado, indicando que los míos se acercaban.
-¿Te voy a ver de nuevo?-le pregunté realmente considerando que eso no sería posible. El no respondió y más rápido de lo que mis ojos pudieron ver, él desapareció de la habitación. Corrí a la ventana para ver si podría verle una última vez, pero él no estaba. Me volví a mi cama y fue cuando escuche que alguien entró a mi cuarto, me volví con las esperanzas de encontrarme con Jared, pero solo vi la figura semidesnuda de John, quien solo llevaba unos desgastados Jeans.
-Te dije que no eran amigos, vos dijiste que no atacarían… entonces ¿por qué vinieron más sanguijuelas?-su voz sonaba enojada y casi desesperada, pero todo en un leve susurro.
-¿eh?-enarqué las cejas sin comprender.
-Dos sanguijuelas mujeres llegaron esta tarde, ¿No te lo dijo verdad?-sonrió con picardía y rodeó el cuarto.
-No…-susurré pensando por qué no lo habría dicho.
-El solo esa jugando con tu cabeza, se supone que todo en él te tiene que resultar atractivo-su voz me rodeaba con cada paso que hacía alrededor mío.
-No…-negué segura.
-Piénsalo bien, eso le convendría…-sonrió para dirigirse de vuelta a la ventana.
-¡Espera!-le detuve antes de que saltara-¿A dónde vas?-le pregunté, esperando algo más que una respuesta.
-vigilaremos el bosque…-sonrió-¿quieres venir?-asentí tímida con la cabeza y le seguí. El saltó para caer, cual gato sobre la tierra. Estaba a punto de saltar cuando Chris maulló con tono de preocupación.
-Yo puedo hacer esto-me dije a mi misma, sonando como si estuviera hablando con el gato. Tome impulso y salté. Caí cerca de un árbol sobre mis manos y rodillas como una pluma. Me levanté y empezamos a correr, no estoy muy segura de cuándo pero de un segundo a otro en el que nos encontrábamos zigzagueando los árboles, lo empecé a ver todo de una altura diferente. No era yo, y podía escuchar unos pequeños susurros incomprensibles dentro de mi cabeza mientras la lluvia caía de nuevo.

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